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I. Inquilinos en la Calle de la Amargura

Inquilinos de la Calle de la Penuria

Era un día brumoso en Londres, y la niebla era espesa y oscura. El Londres animado, con los ojos escocidos y los pulmones irritados, parpadeaba, jadeaba y se ahogaba; el Londres inanimado era un espectro tiznado, indeciso entre dejarse ver o volverse invisible, y sin llegar a ser por completo ni lo uno ni lo otro.

Las luces de gas brillaban en las tiendas con un aire demacrado y maldito, como conscientes de ser criaturas nocturnas que no tenían nada que hacer fuera de sus guaridas bajo el sol; mientras que el sol mismo, cuando durante unos instantes se dejaba ver tenuemente a través de los remolinos de niebla, parecía haberse apagado y desplomado, chato y frío.

Incluso en los campos de alrededor era un día brumoso, pero allí la niebla era gris, mientras que en Londres, hacia la línea fronteriza, era de color amarillo oscuro, y un poco más adentro, marrón, y luego más marrón, y luego más marrón, hasta que en el corazón de la City —llamémosla Saint Mary Axe— era de un negro herrumbroso.

Desde cualquier punto de la alta cresta de tierra hacia el norte, se habría podido divisar que los edificios más altos luchaban de vez en cuando por sacar la cabeza por encima del mar de niebla, y en particular que la gran cúpula de San Pablo parecía resistirse a morir; pero esto no se percibía en las calles a sus pies, donde toda la metrópoli era un cúmulo de vapor cargado con el sonido amortiguado de las ruedas, que envolvía un catarro gigante.

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