Aún, como en un sueño, Bella se vio entrando en una acogedora taberna de la vieja usanza, y se vio introducida de contrabando en una pequeña estancia triangular situada casi enfrente de la barra de dicho establecimiento.
El señor Inspector logró contrabandearla a ella y a John en esta extraña habitación, llamada Acogedora (Cosy) según una inscripción en la puerta, entrando primero en el estrecho pasaje y girándose de repente hacia ellos con los brazos extendidos, como si hubieran sido dos ovejas.
La habitación estaba iluminada para su recibimiento.
—Ahora —dijo el señor inspector a John, bajando la luz del gas—, me mezclaré con ellos de manera informal y, cuando diga «reconocimiento», tal vez usted se deje ver.
John asintió, y el señor inspector fue solo a la puerta vaivén del bar. Desde la oscura entrada de Cosy, en cuyo interior estaban Bella y su esposo, podían ver a un grupo agradable de tres personas sentadas cenando en el bar, y podían oír todo lo que se decía.
Las tres personas eran la señorita Abbey y dos huéspedes varones. A quienes, colectivamente, el inspector les comentó que el tiempo se estaba poniendo gélido para la época del año.
—Bien afilado ha de estar para que cuadre con su ingenio, caballero —dijo la señorita Abbey—. ¿Qué se trae entre manos ahora?
—Le agradezco el cumplido: es poca cosa, señorita Abbey —fue la réplica del inspector.
—¿A quién tienes en el Acogedor? —preguntó la señorita Abbey.