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nydus/Our Mutual FriendPublic
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IX. En el que el huérfano hace su testamento

Luego pasó a decir que, tanto si Johnny se los había «arrebatado» a los Minders como si los Minders se los habían «arrebatado» a Johnny, a los Minders los habían mandado a casa y los «tenían». Además, como los días y las noches de la señora Higden estaban consagrados a Nuestro Johnny, que nunca salía de su regazo, toda la faena de la lavandería había recaído sobre él mismo, y lo había pasado «bastante apretado». La desgarbada encarnación de la honradez radiaba y se sonrojaba al decirlo, completamente embelesada por el recuerdo de haberse mostrado útil.

—Anoche —dijo Sloppy—, cuando estaba yo dándole duro a la rueda bastante tarde, el calandraje parecía ir como la respiración de nuestro Johnny.

Empezaba hermoso, luego al aflojarse temblaba un poco y perdía estabilidad, luego al dar la vuelta para el regreso hacía un ruido como de castañeo y traqueteaba un poco, luego volvía a ir suave, y así seguía hasta que apenas sabía yo qué era el calandraje y qué era nuestro Johnny.

Ni nuestro Johnny tampoco sabía casi qué era qué, porque a veces, cuando traquetea el calandraje, dice: «¡Me ahogo, abuelita!» y la señora Higden lo alza en su regazo y me dice: «Espera un poco, Sloppy», y todos paramos juntos. Y cuando nuestro Johnny recupera el aliento, vuelvo a girar, y todos seguimos juntos.

Sloppy se había ido expandiendo gradualmente en su descripción hasta quedarse con la mirada fija y una sonrisa boba. Ahora se contrajo, guardando silencio, en un torrente de lágrimas medio reprimido y, con el pretexto de estar sofocado, se pasó la parte inferior de la manga por los ojos con un manotazo singularmente torpe, laborioso y rebuscado.

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