El señor Wegg se cuida las espaldas
Silas Wegg, que va camino del Imperio Romano, se acerca a él por el barrio de Clerkenwell. Es a primera hora de la tarde; el tiempo, húmedo y crudo. El señor Wegg encuentra tiempo para dar un pequeño rodeo, debido a que pliega su biombo temprano, ahora que compagina con él otra fuente de ingresos, y también porque considera debido a su persona que lo esperen con impaciencia en la Quinta.
—Boffin se pondrá tanto más impaciente por esperar un poco —dice Silas, mientras cojea calle adelante, guiñando primero el ojo derecho y luego el izquierdo. Lo cual es en él algo superfluo, pues la naturaleza ya le ha guiñado ambos bastante bien de fábrica.
—Si me llevo con él como espero llevarme —prosigue Silas, avanzando con paso pesado y meditabundo—, no me convendría dejarlo así. No sería respetuoso.
Animado por esta reflexión, acelera el paso y mira fijamente a lo lejos, como suele hacer un hombre con un proyecto ambicioso en suspenso.
Consciente de una población de artesanos joyeros refugiada en torno a la iglesia de Clerkenwell, el señor Wegg experimenta un interés y un respeto por el vecindario. Pero sus sensaciones a este respecto flaquean en cuanto a su estricta moralidad, tal como él flaquea en su caminar; pues sugieren los deleites de una capa de invisibilidad con la que alejarse a salvo