Cada objeto parecía decir jactanciosamente: «Aquí tienes de mí tanta fealdad como si fuera mero plomo; pero soy tantas onzas de metal precioso que valen tanto la onza; ¿no te gustaría fundirme?». Una corpulentísima y despatarrada pieza central, salpicada por todas partes como si le hubiera brotado una erupción en lugar de estar adornada, transmitía este mensaje desde una plataforma de plata antiestética en el centro de la mesa. Cuatro neveras para vino de plata, cada una provista de cuatro cabezas de mirada fija, cada cabeza llevando de forma ostentosa un gran anillo de plata en cada una de sus orejas, transmitían el sentimiento a lo largo de la mesa y se lo pasaban a los saleros de plata barrigones. Todas las grandes cucharas y tenedores de plata ensanchaban las bocas de los comensales con el propósito expreso de meterles el sentimiento por la garganta con cada bocado que comían.
La mayoría de los invitados eran como el plato, e incluían varios objetos pesados que pesaban lo suyo. Pero había un caballero extranjero entre ellos —a quien el señor Podsnap había invitado tras muchas deliberaciones consigo mismo, creyendo que todo el continente europeo se hallaba en mortal alianza contra la joven—, y había una extraña disposición, no solo por parte del señor Podsnap sino de todos los demás, a tratarlo como si fuera un niño corto de oído.
Como una delicada concesión a aquel extranjero nacido por desgracia, el señor Podsnap, al recibirlo, le había presentado a su esposa como «Madame Podsnap»; y también a su hija como «Mademoiselle Podsnap», con cierta inclinación a añadir «ma fille», osadía en la cual, sin embargo, se detuvo a tiempo.
Siendo los Veneering en aquel momento los únicos otros recién llegados, había añadido (de un modo condescendientemente explicativo): «Monsieur Vey-nair-reeng», para luego volver a caer en el inglés.