—Pues bien, en cuanto a la ortografía —respondió el señor Boffin, con gran presencia de ánimo—, eso corre por cuenta suya. ¡A Harmon es a quien tiene que mentarle! ¡Buenos días, buenos días, buenos días! Y con eso se marchó, sin mirar atrás.
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VIII. El señor Boffin en consulta
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