La escuela reabrió al día siguiente.
Los alumnos vieron pocos cambios o ninguno en el rostro de su maestro, pues este siempre llevaba su expresión de esfuerzo lento.
Pero, mientras escuchaba a sus clases, no dejaba de cometer el acto y de cometerlo cada vez mejor. Al detenerse con su trozo de tiza ante la pizarra antes de escribir en ella, pensaba en aquel lugar y en si el agua no sería más profunda y la caída más recta un poco más arriba o un poco más abajo.
Estuvo a punto de trazar un par de líneas en la pizarra para mostrarse a sí mismo lo que quería decir. Lo estaba haciendo de nuevo y perfeccionando el modo, durante las oraciones, en su cálculo mental, durante todo su interrogatorio, durante todo el día.