parecía situarse más o menos a mitad de camino entre ambos. ¿Tal vez el esqueleto en el armario sale para que le hablen, en tales ocasiones domésticas?
—Nunca he visto dinero en la casa —le dijo la señora Lammle al esqueleto—, salvo mi propia renta vitalicia. Lo juro.
—No te tomes la molestia de jurar —dijo el señor Lammle al esqueleto—; una vez más, no importa. Nunca le has sacado tanto partido a tu renta vitalicia.
—¡Tan buena noticia! ¿En qué sentido? —preguntó la señora Lammle.
—A la hora de conseguir crédito y vivir bien —dijo el señor Lammle.
Tal vez el esqueleto soltó una risa despectiva al verse confiado semejante pregunta y semejante respuesta; desde luego, la señora Lammle lo hizo, y el señor Lammle también.
—¿Y qué va a pasar ahora? —le preguntó la señora Lammle al esqueleto.
—Lo siguiente que va a pasar es la ruina —dijo el señor Lammle a la misma autoridad.
Después de esto, la señora Lammle miró con desdén al esqueleto —pero sin extender esa mirada al señor Lammle— y bajó los ojos.
Tras aquello, el señor Lammle hizo exactamente lo mismo y bajó los ojos.
Entrando entonces un sirviente con tostadas, el esqueleto se retiró al armario y se encerró.