Su interés especial por el mesón parecía implicar cierta inclinación canalla latente en el carácter canino; pues allí se comía poco y ellos, al no tener debilidad por la cerveza ni por el tabaco (del perro de la señora Hubbard se dice que fumaba, pero faltan pruebas), solo podían sentirse atraídos por una simpatía hacia los hábitos de juerga desinhibida. Además, dentro tocaba un violín de lo más mísero; un violín tan indeciblemente vil que un chucho flaco y de cuerpo alargado, con mejor oído que los demás, se veía obligado a intervalos a doblar la esquina y aullar. Aun así, también él regresaba al mesón en cada ocasión con la tenacidad de un borracho empedernido.
Temeroso de contarlo, había incluso una especie de pequeña feria en la aldea. * Cierto pan de jengibre desesperado que en vano había estado tratando de venderse por todo el país, y que se había echado una gran cantidad de polvo sobre la cabeza debido a su mortificación, apelaba de nuevo al público desde una caseta destartalada. * Lo mismo hacía un montón de nueces, largo, largamente exiliadas de Barcelona, y que sin embargo hablaban inglés con tanta desgana como para llamar pinta a catorce de ellas. * Un titiritero ambulante que originalmente había comenzado con la batalla de Waterloo, y que desde entonces la había convertido en cualquier otra batalla de fecha posterior alterando la nariz del duque de Wellington, tentaba al estudioso de la historia ilustrada. * Una Mujer Gorda, sostenida tal vez en parte a base de carne de cerdo aplazada, cuyo compañero profesional era un Cerdo Sabio, exhibía su retrato a tamaño natural en escote bajo tal como aparecía cuando fue presentada en la Corte, con un contorno de varias yardas. Todo esto era un espectáculo tan vicioso como cualquier pobre idea de diversión por parte de los más burdos leñadores