el reflejo de muchos, muchos, muchos casos más.
Dos incidentes se unieron para intensificar la antigua y absurda aversión —concedido en un lugar anterior que es absurda, porque el pueblo siempre es absurdo, y se empeña invariable en armar un gran revuelo sin motivo—.
Un día estaba sentada en un mercado, en un banco a las puertas de una posada, con sus pequeños artículos a la venta, cuando el entorpecimiento contra el que luchaba la invadió con tanta fuerza que la escena se desvaneció ante sus ojos; cuando volvió en sí, se encontró en el suelo, con la cabeza sostenida por unas bondadosasaturantas del mercado y un pequeño gentío a su alrededor.
—¿Estás mejor ahora, madre? —preguntó una de las mujeres—. ¿Crees que podrás apañártelas bien ahora?
—¿He estado enferma entonces? —preguntó la vieja Betty.
—Has tenido un desmayo —fue la respuesta—, o un ataque. No es que hayas estado forcejeando, madre, sino que has estado tiesa y entumecida.
—¡Ah! —dijo Betty, recuperando la memoria—. Es el entumecimiento. Sí. Me da a veces.
¿Se había ido?, le preguntaron las mujeres.
—Ya se ha ido —dijo Betty—. Seré más fuerte que antes. ¡Muchas gracias, queridos míos, y cuando lleguen a tener la edad que yo tengo, que otros hagan tanto por ustedes!
La ayudaron a levantarse, pero aún no podía mantenerse en pie, y la sostuvieron cuando volvió a sentarse en el banco.