los cristales de su clase el jueves, aún flotaba en el aire y caía blanca, mientras el viento soplaba negro. El tardío día no hizo acto de presencia hasta que llevaba dos horas andando y había recorrido la mayor parte de Londres de este a oeste. El desayuno que pudo tomar, lo hizo en la desapacible taberna donde se había separado de Riderhood en su caminata nocturna. Lo tomó de pie, junto a la barra desordenada, y miró con animadversión a un hombre que estaba de pie en el mismo sitio en que Riderhood había estado aquella madrugada.
Caminó más allá del corto día, y se encontraba en el camino de sirga junto al río, algo cansado de los pies, cuando la noche se echó encima.
Aún a dos o tres millas de la esclusa, aminoró entonces el paso, pero siguió adelante con firmeza. El suelo estaba cubierto de nieve, aunque ligeramente, y había trozos de hielo flotante en las partes más expuestas del río, y placas de hielo roto bajo el amparo de las orillas.
No prestó atención a nada más que al hielo, la nieve y la distancia, hasta que vio una luz más adelante, que supo que brillaba desde la ventana de la casa de la esclusa. Detuvo sus pasos y miró a su alrededor.
El hielo, la nieve, él y la única luz se adueñaban por completo de aquella escena sombría.
A lo lejos, ante él, yacía el lugar donde había propinado los golpes peor que inútiles que se burlaban de él con la presencia de Lizzie allí como esposa de Eugene. A lo lejos, tras él, yacía el lugar donde los niños con brazos que señalaban habían parecido entregarlo a los demonios al gritar su nombre.
Dentro de allí, donde estaba la luz, se encontraba el hombre que, respecto a ambas distancias, podía entregarlo a la ruina. A estos límites se había reducido su mundo.