Pero las seis de la tarde sorprende al digno caballerito sintiéndose mejor, y poniéndose también sus anticuadas medias cortas de seda y sus zapatos de charol para la asombrosa cena en casa de los Veneering.
Y las siete de la tarde lo sorprende trotando hacia Duke Street, para trotar hasta la esquina y ahorrarse seis peniques en carroza.
La divina Tippins ha cenado hasta tal punto en estas horas, que una mente morbosa podría desear de ella, como un bendito cambio, que al fin cene ligero y se vaya a la cama. Tal mente tiene el señor Eugene Wrayburn, a quien Twemlow encuentra contemplando a Tippins con el más hosco de los semblantes, mientras esa criatura juguetona lo azuza por haberse demorado tanto en la cancillería. Ligera está la Tippins también con Mortimer Lightwood, y tiene golpes de abanico que propinarle por haber sido el padrino en las nupcias de esos engañosos cómo-se-llaman que se han ido a pique. Aunque, en verdad, el abanico bulle por lo general alegremente y repiquetea contra los hombres en todas direcciones, con algo de un sonido macabro que sugiere el entrechoque