partes, por todas partes, el rostro flotante.
Ella se limitó a mantener la barca a merced de la corriente y dejó de remar, sabiendo muy bien que, si el rostro no aparecía pronto, se habría hundido y ella lo pasaría de largo.
Una vista inexperta jamás habría distinguido a la luz de la luna lo que ella divisó a la distancia de unas pocas brazas a popa. Vio a la figura que se ahogaba emerger a la superficie, forcejear levemente y, como por instinto, girarse boca arriba para flotar. Exactamente así había visto por primera vez, tenuemente, el rostro que ahora volvía a ver con penumbra.
Firme de mirada y firme de propósito, observó intensamente su aproximación hasta que estuvo muy cerca; entonces, con un toque desatracó los remos y se deslizó hacia la popa de la embarcación, en una postura a medio camino entre las rodillas y el amago.
Una vez, dejó que el cuerpo se le escapara, al no estar segura de su presa.
Dos veces, y lo había asido por su cabello ensangrentado.