esforzado mucho para conseguir lo que había ganado, y que tenía que retenerlo ahora que ya lo había obtenido. Siempre parecía inquieto por temor a que algo pudiera faltar en su almacén mental, y haciendo inventario para asegurarse.
La represión de tanto para dejar sitio a tanto, le había otorgado, además, un aire contenido.
Aun así, quedaba en él lo bastante de animal y de fogoso (aunque latente) como para sugerir que si al joven Bradley Headstone, cuando era un muchacho pobre, le hubiera tocado en suerte la mar, no habría sido el último hombre de la tripulación de un barco.
En cuanto a ese origen suyo, era orgulloso, melancólico y hosco, y deseaba que cayera en el olvido. Y poca gente lo conocía.
En algunas visitas al revoltijo, su atención se había sentido atraída por este muchacho Hexam. Un muchacho incuestionable para alumno-maestro; un muchacho incuestionable para honrar al maestro que lo hiciera progresar.
Combinado con esta consideración, tal vez hubiera algún pensamiento acerca del muchacho indigente de quien ya nunca se debía hablar. Fuera como fuese, con esfuerzo había ido introduciendo poco a poco al muchacho en su propia escuela y le había conseguido algunas funciones que desempeñar allí, las cuales eran retribuida con comida y alojamiento.
Tales eran las circunstancias que habían reunido a Bradley Headstone y al joven Charley Hexam aquella tarde de otoño. Otoño, porque ya había transcurrido casi medio año desde que el ave de rapiña yacía muerta en la orilla del río.
Las escuelas —pues eran dobles, como los sexos— se encontraban en esa zona de la campiña llana que baja hacia el Támesis, donde Kent y