—Pero yo me opongo, y con eso basta. Yo soy más importante para mi hermana de lo que él piensa. A medida que yo ascienda, tengo la intención de ascenderla a ella; ella lo sabe, y tiene que depender de mí para su porvenir. Ahora bien, yo entiendo todo esto muy bien, y el señor Headstone también. Mi hermana es una muchacha excelente, pero tiene algunas ideas románticas; no sobre cosas como ese tal señor Eugene Wrayburn, sino sobre la muerte de mi padre y otros asuntos de esa índole. El señor Wrayburn fomenta esas ideas para darse importancia, y así ella cree que debe estarle agradecida, y tal vez hasta le guste estarlo. Pues bien, no me da la gana de que ella le esté agradecida a él, ni de que le esté agradecida a nadie más que a mí, excepto al señor Headstone. Y le digo al señor Wrayburn que, si no presta atención a lo que digo, será peor para ella. ¡Que le dé vueltas a eso en la cabeza y se asegure de ello! ¡Peor para ella!
Se hizo una pausa, durante la cual el maestro de escuela adoptó un aire muy incómodo.
—¿Me permite sugerirle, maestro —dijo Eugene, retirándose de los labios el puro que se le consumía rápidamente para echarle una ojeada—, que ya puede llevarse a su alumno?
—Y el señor Lightwood —añadió el muchacho, con el rostro encendido bajo la llameante provocación de no recibir ningún tipo de respuesta ni atención—, espero que tome nota de lo que le he dicho a su amigo, y de lo que su amigo me ha oído decir, palabra por palabra, por mucho que él finja lo contrario. Está obligado a tomar nota de ello, señor Lightwood, porque, como ya he mencionado, usted fue el primero en introducir a su amigo en la compañía de mi hermana, y de no ser por usted jamás lo habríamos visto. Dios sabe que ninguno de nosotros lo quiso jamás, del mismo modo que ninguno de nosotros lo echará jamás de menos. Ahora, señor Headstone, como el señor Eugene Wrayburn se ha visto obligado a escuchar lo que tenía que decir y no ha podido