Pues, ya a estas alturas resulta perceptible que, pase lo que pase, los Veneering tienen que dar una cena con tal motivo.
Lady Tippins vive en un estado crónico de invitación a cenar con los Veneering, y en un estado crónico de inflamación derivado de las cenas.
Botas y Cervecero van de aquí para allá en carruajes, sin otro negocio inteligible sobre la tierra que el de reclutar gente para que vaya a cenar con los Veneering.
Veneering inunda los vestíbulos legislativos, empeñado en atrapar a sus colegas legisladores para cenar.
La señora Veneering cenó la víspera con veinticinco rostros flamantes; les hace una visita a todos hoy; a cada uno le envía una tarjeta de invitación mañana, para la semana de después de la otra; antes de que se haya digerido esa cena, visita a sus hermanos y hermanas, a sus hijos e hijas, a sus sobrinos y sobrinas, a sus tíos, tías y primos, y los convida a todos a cenar.
Y aún así, como al principio, por mucho que se amplíe el círculo de comensales, se observa que todos los invitados coinciden en parecer ir a casa de los Veneering, no a cenar con el señor y la señora Veneering (lo cual parecería ser lo último en sus mentes), sino a cenar los unos con los otros.
Tal vez, después de todo—¿quién sabe?—, a Veneering le resulte esta costumbre de cenar, aunque cara, lucrativa, en el sentido de que le granjea defensores. El señor Podsnap, en calidad de hombre representativo, no es el único que se preocupa muy particularmente por su propia dignidad, si no por la de sus conocidos, y que por consiguiente apoya con enojo a los conocidos que han obtenido su beneplácito, no sea que, al menoscabarlos a ellos, él resulte menoscabado. Los camellos de oro y plata, las cubiterteras y el resto de los adornos de la mesa de