“¡Oh! Ya voy tirando. No temas, que ya iré lo bastante rápido para ti, y lo bastante lejos para ti, sin necesidad de que me lo digas.
Mira una cosa, Bradley Headstone, Maestro. Podrías haber hecho pedazos y astillas al otro gobernador sin que me importara, excepto por si acaso te hubiera pedido un trago de vez en cuando. ¡Si no, a qué iba a tratar contigo para nada!
Pero cuando imitaste mi ropa, y cuando imitaste mi pañuelo de cuello, y cuando me salpicaste de sangre después de hacer la faena, hiciste algo por lo que voy a cobrar, y a cobrar bien caro. Si la cosa llegaba a echarse sobre ti, ¿estabas tú listo para echarla sobre mí, eh?
¿Dónde si no en la Esclusa del Molino de la Presa de Plashwater había un hombre vestido tal como se describió? ¿Dónde si no en la Esclusa del Molino de la Presa de Plashwater había un hombre que hubiera tenido palabras con él al pasar en su barca?
Mira al escluseros en la Esclusa del Molino de la Presa de Plashwater, con esa misma ropa idéntica y con ese mismo pañuelo de cuello rojo idéntico, y mira si su ropa resulta estar ensangrentada o no. Sí, resulta que sí está ensangrentada. ¡Ah, bribón astuto!”
Bradley, muy blanco, se quedó mirándolo en silencio.
“Pero a tu juego pueden jugar dos —dijo Riderhood, chasqueándole los dedos media docena de veces—, y yo lo jugué hace mucho; mucho antes de que ensayaras tu torpe mano en él; en días en que aún no habías empezado a graznar tus lecciones ni qué niño muerto en tu escuela. Conozco al dedillo cómo lo hiciste. Adondequiera que te escabulleras, yo podía escabullirme detrás de ti y hacerlo con más maña que tú. Sé cómo saliste de Londres con tus propias ropas, y dónde te cambiaste de ropa, y escondiste tu ropa. Te vi con mis propios ojos sacar tu propia ropa de su escondite entre aquellos árboles talados, y darte un chapuzón en el río