—Ha estado empollando y empollando en la escuela —dijo Bella, mirando la mano de su padre y dándole una palmada suave—, hasta que no hay quien lo vea. ¡Ay, qué niño tan mugriento!
—En verdad, querida —dijo su padre—, iba a pedir permiso para lavarme las manos, solo que tú me descubres muy pronto.
—¡Ven aquí, señor! —gritó Bella, cogiéndolo por la parte delantera de la chaqueta—, ¡ven aquí y que te laven ahora mismo. No se puede confiar en que lo hagas tú solo. ¡Ven aquí, señor!
El querubín, para su simpática diversión, fue conducido en consecuencia a un pequeño cuarto de aseo, donde Bella le enjabonó la cara y le frotó la cara, y le enjabonó las manos y le frotó las manos, y lo salpicó y lo enjuagó y lo secó con la toalla, hasta que estuvo rojo como una remolacha, hasta en las mismas orejas:
—Ahora hay que cepillarlo y peinarlo, caballero —dijo Bella, atareada—. Sostenga la luz, John. Cierre los ojos, caballero, y déjeme tomarle la barbilla. ¡ Pórtese bien ahora mismo y haga lo que se le dice!
Her father being more than willing to obey, she dressed his hair in her most elaborate manner, brushing it out straight, parting it, winding it over her fingers, sticking it up on end, and constantly falling back on John to get a good look at the effect of it.
Who always received her on his disengaged arm, and detained her, while the patient cherub stood waiting to be finished.
—¡Ya está! —dijo Bella, cuando por fin hubo dado los últimos retoques—. ¡Ahora sí pareces un muchacho de buena posición! Ponte la chaqueta y ven a cenar.
El querubín, enfundándose en su saquito, fue conducido de vuelta a su rincón —donde, de no carecer de egoísmo en su apacible carácter,