timidez natural le asaltó respecto a sonársela, tan poco después de que esta hubiera asumido un carácter personal y delicado, por no decir público; pero superó sus escrúpulos gradualmente y se tomó modestamente esa libertad bajo una protesta tácita.
—Lammle —dijo con aire taimado, una vez hecho aquello—, ¿espero que volvamos a ser amigos?
—Señor Fledgeby —contestó Lammle—, no hablemos más del asunto.
—Debí de ir demasiado lejos al hacerme antipático —dijo Fledgeby—, pero nunca fue mi intención.
—¡No hables más, no hables más! —repitió el señor Lammle con un tono magnífico—. Dame tu... —Fledgeby dio un salto—, mano.
Se dieron la mano y, por parte del señor Lammle en particular, sobrevino una gran cordialidad. Pues era tan cobarde como el otro y había corrido el mismo peligro de quedar relegado al segundo puesto para siempre, cuando cobró ánimo justo a tiempo para actuar según la información que le había transmitido la mirada de Fledgeby.
El desayuno terminó en un perfecto entendimiento. Los señores Lammle debían mantener en marcha incesantes maquinaciones; se iba a enamorar a Fledgeby y se le iba a asegurar la conquista, mientras que él, por su parte, admitía con gran humildad sus defectos en cuanto a las artes sociales más delicadas, y suplicaba que sus dos hábiles coadjutores lo respaldaran al máximo.
Poco se le daba a Mr. Podsnap de las trampas y los enredos que acechaban a su personita. La consideraba a salvo dentro del Templo del Podsnapperismo, aguardando el plenario tiempo en que ella, Georgiana, lo aceptara a él, Fitz-Podsnap, quien con todos sus bienes terrenales la dotaría.