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nydus/Our Mutual FriendPublic
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V. El Basurero de Oro cae en malas compañías

de dejarse cautivar por Alfred. Ella desconfiaba de él y le desagradaba. En verdad, su percepción era tan rápida y su observación tan aguda, que al final también desconfiaba de la esposa de este, aunque con su vertiginosa vanidad y su obstinación relegaba la desconfianza a un rincón de su mente y la bloqueaba allí.

La señora Lammle mostró el más amistoso interés en que Bella hiciera un buen partido. La señora Lammle dijo, en tono juguetón, que realmente tenía que enseñarle a su hermosa Bella qué clase de criaturas pudientes tenían ella y Alfred en cartera, las cuales, como un solo hombre, caerían a sus pies esclavizadas.

Presentada la ocasión propicia, la señora Lammle sacó en consecuencia al más presentable de aquellos caballeros febriles, jactanciosos e indefinidamente laxos que siempre andaban holgazaneando por la City y sus alrededores con asuntos de la Bolsa y de griegas y españolas y de la India y mexicanas y par y prima y descuento y tres cuartos y siete octavos.

Quienes, de un modo agradable, rindieron homenaje a Bella como si fuera una combinación de muchacha espléndida, caballo de Pura Sangre, carruaje bien construido y pipa notable.

Pero sin el menor efecto, aunque hasta los atractivos del señor Fledgeby se pusieron en la balanza.

—Temo, querida Bella —dijo un día la señora Lammle en el carruaje—, que seas muy difícil de complacer.

—No espero que sea de mi agrado, querida —dijo Bella, con un giro lánguido de ojos.

—De veras, amor mío —replicó Sofronía, sacudiendo la cabeza y esbozando su mejor sonrisa—, no sería muy fácil encontrar a un hombre digno de tus atractivos.

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