Bradley volvió a mirar el fuego.
Mirándolo de soslayo, Riderhood tomó su pipa, la volvió a cargar, la encendió y se sentó a fumar.
Bradley apoyó los codos en las rodillas y la cabeza en las manos, y miró el fuego con una abstracción sumamente intensa.
—Riderhood —dijo, incorporándose en su silla tras un largo silencio, y sacando su monedero para ponerlo sobre la mesa—. Supongáse que me deshago de esto, que es todo el dinero que tengo; supóngase que le doy mi reloj; supóngase que cada trimestre, cuando cobro mi sueldo, le pago una cierta parte.
—No digas semejante tontería —replicó Riderhood, sacudiendo la cabeza mientras fumaba—. Ya te escapaste una vez, y no voy a correr el riesgo otra vez. Bastante trabajo me ha costado encontrarte, y no te habría encontrado si no te hubiera visto escabullirte por la calle anoche y no te hubiera vigilado hasta que estuviste a buen recaudo. Voy a arreglar cuentas contigo de una vez por todas.
—Riderhood, soy un hombre que ha llevado una vida retirada. No tengo más recursos que yo mismo. No tengo absolutamente ningún amigo.
—Eso es mentira —dijo Riderhood—. ¡Tienes un amigo que yo sepa; uno que sirve para una libreta de Caja de Ahorros, o si no, que me vuelva un mono azul!
El rostro de Bradley se oscureció, y su mano se cerró lentamente sobre el monedero y lo retiró, mientras se quedaba escuchando lo que el otro tuviera que decir a continuación.