A las nueve de la mañana de una de tales mañanas, el establecimiento comercial de Pubsey y Cía. no era precisamente lo más animado ni siquiera en Saint Mary Axe—que no es un lugar muy animado—, con un sollozante mechero de gas en la ventana del despacho y un arroyo de niebla con pretensiones de ladrón filtrándose por la cerradura de la puerta principal para estrangularlo.
Pero la luz se apagó, la puerta principal se abrió y Riah salió con un bolso bajo el brazo.
Casi en el acto de salir por la puerta, Riah se adentró en la niebla y se perdió de la vista de Saint Mary Axe.
Pero los ojos de esta historia pueden seguirlo hacia el oeste, por Cornhill, Cheapside, Fleet Street y the Strand, hasta Piccadilly y the Albany. Hacia allí se encaminó a su paso grave y medido, bastón en mano, faldones al talón; y más de una cabeza, al volverse para mirar su venerable figura ya perdida en la bruma, supuso que se trataba de alguna figura corriente vista con vaguedad, que la fantasía y la niebla habían transformado en esa semejanza pasajera.
Llegado a la casa donde las habitaciones de su amo estaban en el segundo piso, Riah subió las escaleras y se detuvo ante la puerta de Fascination Fledgeby.
Sin tomarse la libertad de usar ni timbre ni aldaba, golpeó la puerta con la contera de su bastón y, tras escuchar, se sentó en el umbral.
Era propio de su sumisión habitual el que se sentara en la fría y oscura escalera, como muchos de sus antepasados se habrían sentado probablemente en los calabozos, aceptando lo que le deparara el destino tal como viniera.
Al cabo de un tiempo, cuando se hubo enfriado tanto que le entraron ganas de soplarse los dedos, se levantó y volvió a llamar con el bastón,