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nydus/Our Mutual FriendPublic
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XVI. La fiesta de los tres duendes

—Ahora, querida mamá —dijo Bella a su debido tiempo—, la ensalada está lista y ya ha pasado la hora de cenar.

Mrs. Wilfer se levantó, pero permaneció sin habla.

—¡George! —dijo la señorita Lavinia con su tono de advertencia—, ¡la silla de mamá!

El señor Sampson voló hacia el respaldo de la excelente señora y siguió de cerca su silla, con el asiento en la mano, mientras ella desfilaba hacia el banquete. Una vez en la mesa, tomó su rígido asiento, no sin antes dedicar al señor Sampson una mirada furiosa que hizo que el joven se retirara a su sitio muy confuso.

El querubín, no atreviéndose a dirigirse a un objeto tan tremendo, tramitó su cena mediante la mediación de una tercera persona, como ser: «Cordero para tu mamá, Bella, querida»; y «Lavvy, me atrevo a decir que tu mamá aceptaría un poco de lechuga si se la pusieras en el plato».

El modo en que la señora Wilfer recibía dichos manjares estaba caracterizado por una petrificada distracción; estado en el cual también los consumía, dejando caer ocasionalmente el cuchillo y el tenedor, como diciendo en su propio fuero interno: «¿Qué es esto que estoy haciendo?», y fulminando con la mirada a uno u otro de los presentes, como en búsqueda indignada de información.

Un resultado magnético de tal mirada fulminante era que la persona así observada no podía de ningún modo fingir con éxito ser ignorante del hecho: de modo que un espectador, sin contemplar en absoluto a la señora Wilfer, habría tenido que saber a quién estaba mirando fijamente al verla reflejada en el rostro de la víctima de su mirada.

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