—Lo que se le debe a esta joven —dijo míster Boffin—, es dinero, y esta joven lo sabe muy bien.
—Usted calumnia a la señorita.
—Usted calumnia a la joven; usted con sus afectos, sus corazones y sus baratijas —replicó el señor Boffin—. Está en consonancia con el resto de su comportamiento. Me enteré de estas andanzas suyas anoche mismo, o se habría enterado de ellas por mí mucho antes, puede jurarlo. Me enteré por una señora con una mollera tan buena como la mejor, y ella conoce a esta joven, y yo conozco a esta joven, y los tres sabemos que lo que ella defiende es el dinero —¡dinero, dinero, dinero!—, ¡y que usted y sus afectos y sus corazones son una mentira, señor!
—Señora Boffin —dijo Rokesmith, volviéndose tranquilamente hacia ella—, le agradezco su delicada y constante amabilidad con la más sincera gratitud. ¡Adiós! Señorita Wilfer, ¡adiós!
—Y ahora, querida —dijo el señor Boffin, volviendo a poner la mano sobre la cabeza de Bella—, ya puedes empezar a instalarte con toda comodidad, y espero que sientas que se te ha hecho justicia.
Pero Bella estaba tan lejos de parecer sentirlo, que se apartó de su mano y de la silla y, poniéndose de pie en un arrebato incoherente de lágrimas, y extendiendo los brazos, exclamó: «¡Oh, señor Rokesmith, antes de que se vaya, si pudiera volver a hacerme pobre! ¡Oh! ¡Que alguien me vuelva pobre, se lo ruego y suplico, o se me romperá el corazón si esto sigue así! ¡Papá querido, hazme pobre otra vez y llévame a casa! Bastante mala era yo allí, pero he sido mucho peor aquí. No me dé dinero, señor Boffin, no quiero dinero. Aléjelo de mí, y déjeme tan solo hablar con el buen papito, apoyar mi cabeza en su hombro y contarle todas mis penas. Nadie más puede entenderme, nadie más puede consolarme, nadie más sabe cuán indigna soy y, sin embargo, puede amarme como a una niña pequeña. ¡Estoy mejor con papá que con nadie; más inocente, más arrepentida, más feliz!».