mano mientras respondía en un tono secreto y medio asustado:
“No te olvides de mí cuando te hayas ido. Y vuelve pronto. ¡Buenas noches!”
Encantador ver al señor y a la señora Lammle despidiéndose con tanta gracia, y bajando las escalera tan amorosa y dulcemente.
No tan encantador ver sus rostros sonrientes decaer y ensombrecerse al dejarse caer de mal humor en rincones separados de su carruaje pequeño.
Pero, a decir verdad, ese era un espectáculo entre bambalinas, que nadie vio, y que nadie debía ver.
Ciertos vehículos grandes y pesados, construidos según el modelo de la vajilla de los Podsnap, se llevaron los objetos pesados de los invitados, que pesaban muchísimo; y los objetos de menor valor se marcharon a su manera; y la vajilla de los Podsnap se fue a la cama. Mientras el señor Podsnap estaba de pie dando la espalda al fuego del salón, subiéndose el cuello de la camisa, como un auténtico gallito de pelea que se acicala literalmente en medio de sus posesiones, nada le habría asombrado más que el aviso de que la señorita Podsnap, o cualquier otra joven debidamente nacida y criada, no pudiera ser guardada exactamente como la vajilla, sacada como la vajilla, lustrada como la vajilla, contada, pesada y tasada como la vajilla. Que semejante joven pudiera tener posiblemente en el corazón un vacío morboso por algo más joven que la vajilla, o menos monótono que la vajilla; o que los pensamientos de tal joven pudieran intentar escalar la región limitada al norte, al sur, al este y al oeste por la vajilla; era una