Pobre Sloppy también se ruborizó, pues había una delicadeza instintiva tras sus botones, y su propia mano la había herido. Dijo, tal vez, lo mejor que se podía decir a modo de enmienda.
“Me alegro mucho de que sea suyo, porque prefiero adornárselo a usted que a nadie más. ¿Por favor, puedo mirarlo?”
Miss Wren se disponía a entregárselo por encima del banco, cuando se detuvo.
—Pero será mejor que me vea usarlo —dijo con brusquedad—. Es de este modo. Cojitranco, paticorto, pim-pam-pum. No es bonito, ¿verdad?
—Me parece que no lo quieres en absoluto —dijo Sloppy.
La pequeña modista volvió a sentarse, y se lo entregó, diciéndole, con una expresión más amable y con una sonrisa: —¡Gracias!
—Y en cuanto a los nidos y los cajones —dijo Sloppy, tras medirse la manga con el bastón y dejar este último apoyado suavemente contra la pared—, pues mire, sería un verdadero placer para mí. He oído decir que canta usted de maravilla; y a mí me pagarían mejor con una canción que con cualquier dinero, porque siempre me han encantado esas cosas, y a menudo le he cantado yo mismo a la señora Higden y a Johnny alguna canción cómica, con su parte «hablada» y todo. Aunque esa no es de las de su clase, apostaría a que no.
—Es usted un joven muy amable —replicó la modista—; un joven verdaderamente amable. Acepto su oferta.—Supongo que a Él no le importará —añadió como ocurrencia tardía, encogiéndose de hombros—; ¡y si le importa, que le den!
—Queriendo decir al que usted llama su padre, señorita —preguntó Sloppy.