—No puede hacer nada mejor que quedarse donde está —replicó Lizzie, soltando la mano y apoyando la suya levemente sobre los rizos de la señorita Jenny. Y luego, dirigiéndose a Bradley—: ¿De parte de Charley, señor?
De manera irresoluta, y lanzándole una mirada torpe, Bradley se levantó para ofrecerle una silla y luego regresó a la suya.
—Estrictamente hablando —dijo él—, vengo de parte de Charley, porque lo dejé hace apenas un momento; pero no vengo comisionado por Charley. Vengo por iniciativa propia.
Con los codos apoyados en su banco y la barbilla en las manos, la señorita Jenny Wren se quedó mirándolo con una mirada de soslayo y vigilante. Lizzie, a su manera, se quedó mirándolo también.
“El hecho es —comenzó Bradley, con la boca tan seca que le costaba un tanto articular las palabras; la conciencia de lo cual hacía que sus maneras fueran aún más desgarbadas e indecisas—; la verdad es que Charley, no teniendo secretos para mí (según tengo entendido), me ha confiado todo este asunto”.
Se detuvo, y Lizzie preguntó: «¿qué ocurre, señor?».
—Pensé —replicó el maestro escuela, dirigiéndole otra furtiva mirada y pareciendo esforzarse en vano por sostenerla, pues la suya decayó al posarse en los ojos de ella—, que podría resultar tan superfluo como casi impertinente entrar en una definición del mismo. Mi alusión se refería a este asunto de haber dejado de lado los planes que su hermano tenía para usted y haber dado preferencia a los del señor... creo que el nombre es señor Eugene Wrayburn.
Hizo hincapié en no estar seguro del nombre, con otra mirada inquieta hacia ella, que decayó como la última.