Bradley se le acercó, sentado en su palanca de madera, y le preguntó qué hora era. Riderhood le dijo que entre las dos y las tres.
—¿A qué hora te relevan? —preguntó Bradley.
—Pasao mañana, patrón.
¿No antes?
—Ni una pulgada antes, jefe.
A ambos lados, parecía concedérsele importancia a esta cuestión de la ayuda. Riderhood casi mimaba su respuesta; diciendo por segunda vez, y prolongando un movimiento negativo de cabeza: «N—n—ni una pulgada antes, patrón».
—¿Te conté que voy a actuar esta noche? —preguntó Bradley.
—No, patrón —respondió Riderhood de un modo alegre, afable y conversacional—, no me lo dijo. Pero lo más seguro es que tuviera la intención y se le olvidara. De otro modo, ¿cómo le habría podido caber la duda en la cabeza, patrón?
—A medida que el sol se pone, tengo la intención de continuar —dijo Bradley.
—Tanto más necesario es el celemín —replicó Riderhood—. Pasa a tomarlo, el otro.
Como en el establecimiento del señor Riderhood no se observaba la formalidad de poner mantel, servir la «ración» fue cuestión de un momento; se limitó a bajar una capacia fuente de horno que contenía las tres cuartas partes de un inmenso pastel de carne, y a sacar dos navajas, una taza de barro y una gran botella marrón de cerveza.