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nydus/Our Mutual FriendPublic
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XI. El podsnapperismo

—Lo que quiero decir —prosiguió Georgiana—, es que mamá estando tan dotada de imponente severidad, y papá estando tan dotado de imponente severidad, y habiendo tanta imponente severidad en todas partes⁠—, quiero decir, al menos, en todas partes donde yo estoy⁠—, tal vez eso hace que yo, que estoy tan desprovista de imponente severidad, y que le temo⁠—, lo explico muy mal⁠—, ¿no sé si puedes entender lo que quiero decir?

—¡Perfectamente, queridísima Georgiana! —la señora Lammle proseguía con todo ardid tranquilizador, cuando la cabeza de aquella joven volvió a dar contra la pared de repente y sus ojos se cerraron.

—¡Ay, ahí está mamá portándose horrible con alguien que lleva un monóculo en el ojo! ¡Ay, ya sé que lo va a traer aquí! ¡Ay, no lo traigas, no lo traigas! ¡Ay, será mi pareja con su monóculo en el ojo! ¡Ay, qué voy a hacer!

Esta vez, Georgiana acompañó sus exclamaciones con golpes de sus pies contra el suelo, y se encontraba en un estado verdaderamente desesperado.

Pero no había escapatoria ante la imponente señora Podsnap y su presentación de un desconocido de andar cojeante, con un ojo achinado hasta la extinción y el otro enmarcado y acristalado, quien, tras mirar hacia abajo desde ese órgano como si divisara a la señorita Podsnap en el fondo de algún pozo vertical, la sacó a la superficie y se alejó con ella al trotecito.

Y entonces el cautivo al piano tocó otro «conjunto», expresivo de sus melancólicas aspiraciones de libertad, y otros dieciséis repitieron los movimientos melancólicos anteriores, y el del trotecito se llevó a la señorita Podsnap a dar un paseo de muebles, como si hubiera concebido una ocurrencia totalmente original.

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