—Lo que quiero decir —prosiguió Georgiana—, es que mamá estando tan dotada de imponente severidad, y papá estando tan dotado de imponente severidad, y habiendo tanta imponente severidad en todas partes—, quiero decir, al menos, en todas partes donde yo estoy—, tal vez eso hace que yo, que estoy tan desprovista de imponente severidad, y que le temo—, lo explico muy mal—, ¿no sé si puedes entender lo que quiero decir?
—¡Perfectamente, queridísima Georgiana! —la señora Lammle proseguía con todo ardid tranquilizador, cuando la cabeza de aquella joven volvió a dar contra la pared de repente y sus ojos se cerraron.
—¡Ay, ahí está mamá portándose horrible con alguien que lleva un monóculo en el ojo! ¡Ay, ya sé que lo va a traer aquí! ¡Ay, no lo traigas, no lo traigas! ¡Ay, será mi pareja con su monóculo en el ojo! ¡Ay, qué voy a hacer!
Esta vez, Georgiana acompañó sus exclamaciones con golpes de sus pies contra el suelo, y se encontraba en un estado verdaderamente desesperado.
Pero no había escapatoria ante la imponente señora Podsnap y su presentación de un desconocido de andar cojeante, con un ojo achinado hasta la extinción y el otro enmarcado y acristalado, quien, tras mirar hacia abajo desde ese órgano como si divisara a la señorita Podsnap en el fondo de algún pozo vertical, la sacó a la superficie y se alejó con ella al trotecito.
Y entonces el cautivo al piano tocó otro «conjunto», expresivo de sus melancólicas aspiraciones de libertad, y otros dieciséis repitieron los movimientos melancólicos anteriores, y el del trotecito se llevó a la señorita Podsnap a dar un paseo de muebles, como si hubiera concebido una ocurrencia totalmente original.