proporción de fracasos frente a los éxitos debió de ser de cien a uno; aun así, el señor Boffin, sin cansarse jamás, seguía tan ávido de avaros como lo había estado desde el primer momento.
Era curioso que Bella nunca viera los libros por la casa, ni oyera jamás al señor Boffin una sola palabra de referencia a su contenido.
Parecía atesorar a sus avaros tal como ellos habían atesorado su dinero. Así como ellos habían estado ávidos de él, lo habían guardado en secreto y lo habían ocultado, así estaba él ávido de aquellos, los guardaba en secreto y los ocultaba.
Pero fuera de toda duda se notaba, y Bella lo notaba muy claramente, que, a medida que perseguía la adquisición de aquellos sombríos anales con el ardor de Don Quijote por sus libros de caballería, empezaba a gastar su dinero con mano más tacaña.
Y a menudo, cuando salía de una tienda con alguna nueva relación de aquellos desdichados lunáticos, ella casi se apartaba con repulsión de la risita seca y taimada con la que él volvía a tomarla del brazo y se alejaba al trote.
No parecía que la señora Boffin estuviera al corriente de este gusto. Él no hacía alusión al mismo, salvo en los paseos matutinos en los que él y Bella siempre estaban solos; y Bella, bajo la impresión de que él la hacía partícipe de su confianza por implicación, en parte, y en parte en recuerdo del rostro preocupado de la señora Boffin aquella noche, guardaba la misma reserva.
Mientras estos sucesos se desarrollaban, la señora Lammle hizo el descubrimiento de que Bella ejercía una fascinación sobre ella. Los Lammle, presentados originalmente por los queridos Veneering, visitaban a los Boffin en todas las grandes ocasiones, y la señora Lammle