—Y es una estampa bonita y prometedora; ¿verdad que sí?
—Sí, vieja.
Pero, consciente al instante de una magnífica ocasión para dar un remate, el señor Boffin sofocó aquella observación con esta otra—pronunciada con el gruñido más espeluznante del oso pardo habitual: “¿Un cuadro bonito y lleno de esperanza? ¡Miau, Cuac cuac, Guau-guau!”. Y luego bajó trotando silenciosamente por la escalera, con los hombros en un estado de la más viva conmoción.