Si no se ha ido para siempre, señor Riderhood, algo ayudaría saber dónde se oculta en este momento.
Este blando guiñapo de mortalidad en el que trabajamos tan duro con tanta paciente perseverancia, no da señal alguna de usted.
Si se ha ido para siempre, Pícaro, es algo muy solemne, y si va a regresar, no lo es menos.
Es más, en la incertidumbre y el misterio de esta última cuestión, que conlleva la de dónde pueda encontrarse ahora, hay una solemnidad que incluso supera a la de la muerte, lo que hace que quienes estamos aquí presentes temamos tanto mirarlo como dejar de hacerlo, y hace que los de abajo se sobresalten al menor crujido de una tabla en el suelo.
¡Detente! ¿Acaso tembló ese párpado? Así se pregunta el médico, con respiración tenue y atenta mirada.
No.
¿Se le ha movido esa fosa nasal?
No.
Cesando esta respiración artificial, ¿siento algún leve aleteo bajo mi mano sobre el pecho?
No.
Una y otra vez
No. No. Pero inténtalo una y otra vez, a pesar de todo.
¡Mirad! ¡Una señal de vida! ¡Una señal indudable de vida! La chispa puede consumirse lentamente y apagarse, o puede brillar y extenderse, ¡pero mirad!