Alfred Lammle empujó su plato (lo cual no suponía un gran sacrificio dadas las circunstancias de que había tan poca cosa en él), se metió las manos en los bolsillos, se reclinó en la silla y contempló a Fledgeby en silencio.
Luego sacó lentamente la mano izquierda del bolsillo, se atusó ese matorral de patillas y siguió contemplándolo en silencio. Después rompió lentamente el silencio y dijo con lentitud: «¿Qué—diablos—está-haciendo este sujeto esta mañana?».
—Mire por dónde, Lammle —dijo Fascination Fledgeby con el más mezquino de los brillos en sus mezquinos ojos, que, a propósito, estaban demasiado juntos—: mire por dónde, Lammle; sé muy bien que anoche no quedé en buen lugar, y que usted y su esposa —a quien considero una mujer muy inteligente y encantadora— sí quedaron. Yo no sirvo para lucirme en ese tipo de circunstancias. Sé muy bien que ustedes dos sí lucieron y lo manejaron a la perfección. Pero que no se le ocurra por eso venir a hablarme como si yo fuera su muñeco y su títere, porque no lo soy.
—¡Y todo esto —exclamó Alfred, tras examinar con una mirada la mezquindad que anhelaba la más mezquina de las ayudas, y que sin embargo era tan mezquina como para volverse en contra de ella—: ¡todo esto por una simple pregunta natural!
“Debiste haber esperado a que yo creyera oportuno decir algo al respecto por mí misma. No me gusta que me vengas con tus Georgianas, como si fueras su dueño y también el mío”.
—Bueno, cuando tengas la amabilidad de decir algo al respecto por ti misma —replicó Lammle—, hazlo por favor.