Esto hacen todos, dejando a la hija observando al padre. A quien, en ausencia de ellos, se presenta Bob Gliddery.
—Sus agallas tienen mal aspecto, ¿verdad? —dice Bob, tras examinar al paciente.
Pleasant asiente levemente.
—Sus agallas se van a ver más raras cuando despierte; ¿verdad? —dice Bob.
Agradables esperanzas no. ¿Por qué?
“Cuando se halla aquí, ya ves —explica Bob—. Porque la señorita Abbey le prohibió la casa y le ordenó que se fuera. Pero lo que podrías llamar los Hados le ordenaron entrar en ella otra vez. Lo cual es extraño, ¿verdad?”.
—No habría venido aquí por su propia voluntad —replica la pobre Pleasant, haciendo un esfuerzo por mostrar un poco de orgullo.
—No —replica Bob—. Y tampoco lo habrían dejado entrar, de haberlo intentado.
La breve ilusión ya se ha disipado por completo. Tan claramente como ve en su brazo al viejo padre, sin mejorar, Pleasant ve que todos los allí presentes le harán el vacío cuando recupere el conocimiento.
«Me lo llevaré tan pronto como pueda —piensa Pleasant con un suspiro—; está mejor en casa».
Al poco rato regresan todos y esperan a que cobre conciencia de que a todos les alegraría quitárselo de encima.
Le juntan algo de ropa para que se ponga, ya que la suya está empapada de agua y su atuendo actual consiste en mantas.