En el que se origina un gesto amistoso
El acuerdo entre el señor Boffin y su hombre de letras, el señor Silas Wegg, se había alterado en consonancia con los nuevos hábitos de la vida del señor Boffin, al punto de que el Imperio romano decaía por lo general por la mañana y en la mansión familiar eminentemente aristocrática, en lugar de por la tarde, como antaño, y en la Morada de Boffin. Hubo ocasiones, sin embargo, en que el señor Boffin, buscando un breve refugio ante los halagos de la moda, se presentaba en la Morada al caer la noche para adelantarse a la siguiente salida de Wegg y allí, sobre el viejo escaño, proseguía el declive de la fortuna de aquellos amos del mundo, enervados y corruptos, que a estas alturas daban sus últimos coletazos. Si a Wegg se le hubiera pagado peor por su labor, o hubiera estado mejor cualificado para desempeñarla, habría considerado estas visitas halagüeñas y agradables; pero, ocupando el puesto de un farsante espléndidamente remunerado, se sentía ofendido. Esto era de lo más normal, pues el empleado incompetente, sea quien fuere su patrono, está siempre en contra de este. Hasta esos gobernantes natos, criaturas nobles y ilustrísimas que han sido las más imbéciles en las altas esferas, se han mostrado invariablemente de lo más opuestas (a veces con desconfianza solapada, a veces con insipida insolencia) a su patrono. Lo que es cierto en tal sentido