respetable, quien le había dicho que estaba mal de salud, como su aspecto por sí solo lo habría indicado. El empleado recibió la tarjeta, esperó la oportunidad de deslizarse hacia abajo, bajó deslizándose y así terminó todo.
Entonces, el tren traqueteó entre las azoteas, y entre los flancos destrozados de las casas derribadas para abrirle paso, y sobre las calles abarrotadas, y bajo la fecunda tierra, hasta que cruzó el río de un disparo: estallando sobre la superficie tranquila como una bomba, y marchándose de nuevo como si hubiera hecho explosión en la ráfaga de humo, vapor y resplandor.
Un poco más, y de nuevo rugió al cruzar el río, como un gran cohete: despreciando los recodos y vueltas del agua con inefable desdén, y yendo directo a su fin, tal como va el Padre Tiempo hacia el suyo.
Para quien no importa qué aguas vivas fluyan altas o bajas, reflejen las luces y tinieblas celestiales, produzcan su pequeño crecimiento de hierbas y flores, giren aquí, giren allá, sean ruidosas o tranquilas, estén turbadas o en paz, pues su curso tiene una terminación segura, aunque sus fuentes y ardid sean muchos.
Luego siguió un paseo en carruaje, cerca del solemne río, escabulléndose de noche, como todas las cosas se escabullocen, de noche y de día, cediendo tan silenciosamente a la atracción de la piedra imán de la Eternidad; y cuanto más se acercaban a la estancia donde yacía Eugene, más temían que pudieran hallar terminados sus devaneos. Al fin vieron su tenue luz brillando, y eso les dio esperanza; aunque Lightwood titubeó al pensar: «Si se hubiera ido, ella seguiría sentada a su lado».
Pero él yacía quieto, medio en estupor, medio dormido.