soy el hombre que era su socio, y yo soy el hombre que sospecha de
—Entonces —sugirió la señorita Abbey, aunque con un matiz de perplejidad más hondo que antes—, te incriminas a ti mismo.
—Pues no, señorita Abbey. ¿Pues cómo está la cosa? La cosa está así.
Cuando yo era su socio, nunca pude dejarlo satisfecho. ¿Por qué nunca pude dejarlo satisfecho? Porque mi suerte era mala; porque no alcanzaba a encontrar suficientes.
¿Cómo era su suerte? Siempre buena. ¡Fíjese en esto! ¡Siempre buena!
¡Ah! Hay muchos juegos, señorita Abbey, en los que hay azar, pero hay muchos otros en los que también hay habilidad, mezclada por el medio.
—Quién duda, hombre, de que el viejo ése tiene una habilidad para encontrar lo que encuentra —preguntó la señorita Abbey.
—Una habilidad para proporcionar lo que encuentra, tal vez —dijo Riderhood, sacudiendo su malvada cabeza.
Miss Abbey frunció el ceño ante él, mientras este la miraba de soslayo con aire siniestro.
«Si usted sale al río casi con cada marea, y si quiere encontrar a un hombre o una mujer en el río, tendrá mucha más suerte, señorita Abbey, si antes le da un golpe en la cabeza a un hombre o una mujer y los tira dentro».
—¡Por Dios bendito! —fue la exclamación involuntaria de la señorita Potterson.