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XIV. De firme propósito

Firmes de Propósito

La tarea de sepulturero de amontonar tierra sobre John Harmon durante toda la noche no propiciaba un sueño reparador; pero Rokesmith durmió un poco a la madrugada y se levantó con su propósito fortalecido.

Ya había pasado todo. Ningún fantasma perturbaría la paz del señor y la señora Boffin; invisible y sin voz, el fantasma contemplaría un poco más el estado de existencia del que había partido, y luego dejaría de rondar para siempre los escenarios en los que ya no tenía cabida.

Lo repasó todo de nuevo. Había recaído en el estado en el que se encontraba, como tantos hombres recaen en tantos estados, sin percibir el poder acumulativo de sus circunstancias aisladas.

Cuando, en medio de la desconfianza engendrada por su infeliz infancia y por la acción del mal —pues hasta entonces jamás había conocido otra— de su padre y de la riqueza de su padre sobre todos los que caían bajo su influencia, concibió la idea de su primer engaño, este pretendía ser inofensivo, debía durar apenas unas horas o unos días, solo iba a implicar a la muchacha que tan caprichosamente le habían impuesta y a quien él tan caprichosamente había sido impuesto, y con ella tenía una intención sinceramente buena. Pues, de haberla hallado infeliz ante la perspectiva de aquel matrimonio (porque su corazón se inclinase hacia otro hombre o por cualquier otra causa), le habría dicho con toda seriedad: «Este es otro de los viejos usos pervertidos del dinero generador de miseria. Dejaré que pase a manos de los únicos protectores y amigos que nos quedan a mí y a mi hermana».

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