—Sophronia, querida —dijo el señor Lammle—, no me gusta el color de tu vestido.
—Apelo —dijo la señora Lammle—, al señor Fledgeby.
—Y yo —dijo el señor Lammle—, con Georgiana.
—Georgy, mi amor —comentó la señora Lammle en voz baja a su querida muchacha—, cuento contigo para no pasarte a la oposición. Vamos, señor Fledgeby.
Fascination deseaba saber si el color no se llamaba color de rosa. Sí, dijo el señor Lammle; en realidad él lo sabía todo; era verdaderamente color de rosa. Fascination entendía por color de rosa el color de las rosas. (En esto recibió el apoyo muy entusiasta del señor y la señora Lammle).
Fascination había oído aplicar a la rosa el término Reina de las Flores. Del mismo modo, podría decirse que el vestido era la Reina de los Vestidos. («¡Muy acertado, Fledgeby!», exclamó el señor Lammle).
A pesar de todo, la opinión de Fascination era que todos teníamos ojos —o al menos una gran mayoría de nosotros— y que— y— y su ulterior opinión consistía en varios «y», sin nada más allá.
—Oh, señor Fledgeby —dijo la señora Lammle—, ¡abandonarme de esa manera! Oh, señor Fledgeby, ¡abandonar a mi pobre y querida rosa herida para declararse por el azul!
“¡Victoria, victoria!”, exclamó el señor Lammle; “tu vestido está condenado, querida mía”.
—Pero —dijo la señora Lammle, deslizando cautelosamente su afectuosa mano hacia la de su querida niña—, ¿qué dice Georgy?
—Dice —respondió el señor Lammle, interpretando para ella— que, a sus ojos, a ti te sienta bien cualquier color, Sophronia, y que, de haber