«Rogue Riderhood —dice—, esta noche han corrido palabras entre nosotros en el río». ¡Las cuales corrieron; pregúntele a su hija! «Te amenacé —dice— con darte en los dedos con el banco de mi bote, o apuntarte a los sesos con el bichero. Lo hice porque mirabas demasiado fijamente lo que llevaba remolcado, como si tuvieras sospechas, y porque te aferrabas a la borda de mi bote». Yo le digo: «Gaffer, lo sé». Él me dice: «Rogue Riderhood, eres un hombre entre una docena» —creo que dijo entre una veintena, pero de eso no estoy seguro, así que quédate con la cifra menor, que sagradas son las obligaciones de un Alfred David. «Y —dice—, cuando tus prójimos están caídos, ya se trate de sus vidas o de sus relojes, avispado es siempre el término contigo. ¿Tenías sospechas?». Yo le digo: «Gaffer, las tenía; y lo que es más, las tengo». Empieza a temblar y dice: «¿De qué?». Yo le digo: «De juego sucio». Empieza a temblar con más fuerza y dice: «Hubo juego sucio entonces. Lo hice por su dinero. ¡No me traiciones!». Esas fueron las palabras exactas que usó.
Hubo un silencio, roto solo por la caída de las cenizas en la rejilla. Una oportunidad que el soplón aprovechó embadurnándose toda la cabeza, el cuello y la cara con su gorra empapada, sin mejorar en absoluto su aspecto.
—¿Qué más? —preguntó Lightwood.