—¡Señor Wegg! —dijo Venus, con un repentino destello de ira—. La dama en cuestión no es ninguna vieja.
—Quise decir —exclamó Wegg, con irritación—, ¿a la persona que se opuso antes?
—Señor Wegg —dijo Venus—, en un caso de tanta delicadeza, debo pedirle que diga lo que quiere decir. Hay cuerdas que no deben ser tocadas. ¡No, señor! Ni tañidas, a menos que sea de la manera más respetuosa y melodiosa. De tan melodiosas cuerdas está hecha la señorita Pleasant Riderhood.
—¿Entonces es la señora la que puso objeciones anteriormente? —dijo Wegg.
—Señor —respondió Venus con dignidad—, acepto la frase modificada. Es la señora la que se opuso anteriormente.
—¿Cuándo se va a celebrar? —preguntó Silas.
—Señor Wegg —dijo Venus, con un nuevo rubor—. No puedo permitir que se plantee en forma de pelea. Debo pedirle con moderación pero con firmeza, señor, que enmiende esa pregunta.
—¿Cuándo —preguntó Wegg a regañadientes, reprimiendo su mal humor en consideración a la sociedad y al capital social— tiene pensado la señora entregar su mano allí donde ya ha entregado su corazón?
—Señor —respondió Venus—, vuelvo a aceptar la frase modificada, y con mucho gusto. La dama va a dar su mano donde ya ha entregado su corazón, el próximo lunes.
—¿Queda entonces respondida la objeción de la dama? —dijo Silas.
—Señor Wegg —dijo Venus—, tal como le mencioné, creo, en alguna ocasión anterior, si no en ocasiones anteriores—