sentirse incómoda, y por decirlo así responsable, cuando veía a la señora Boffin equivocarse. No es que una disposición tan dulce y una naturaleza tan sana pudieran equivocarse jamás de gravedad, ni siquiera entre las grandes autoridades de visita que coincidían en que los Boffin eran «encantadoramente vulgares» (lo cual sin duda no era el caso de ellas al decirlo), sino que, cuando ella daba un tropezón en el hielo social por el que todos los hijos del podsnaperismo, con almas distinguidas que salvar, están obligados a patinar en círculos o a deslizarse en largas filas, inevitablemente hacía tropezar a la señorita Bella (según sentía la joven) y le causaba gran confusión bajo las miradas de los patinadores más diestros que participaban en esos ejercicios sobre hielo.
A la altura de la vida en la que se encontraba la señorita Bella, no era de esperar que se examinara a sí misma con demasiada atención sobre la congruencia o la estabilidad de su posición en la casa del señor Boffin.
Y como nunca había escatimado quejas sobre su antiguo hogar cuando no tenía otro con el cual compararlo, tampoco había novedad ni en la ingratitud ni en el desdén de que prefiriera con creces el nuevo.
—Es un hombre de un valor incalculable, ese Rokesmith —dijo el señor Boffin, al cabo de unos dos o tres meses—. Pero no acabo de entenderlo del todo.
Tampoco Bella podía, así que el tema le pareció bastante interesante.
—Él se ocupa de mis asuntos con más esmero, mañana, tarde y noche —dijo el señor Boffin—, de lo que cincuenta hombres juntos podrían o querrían hacerlo; y, sin embargo, tiene maneras muy suyas que equivalen a atravesar un mazo de andamio en mitad del camino y detenerme en seco justo cuando casi voy caminando del brazo con él.
—¿Puedo preguntar de qué modo, señor? —inquirió Bella.