“¡Oh, querido Frank! ¡No creo que eso sirva!”
“¿No?”
“¡Oh no!”
La sonriente señora Boffin, sintiendo la obligación de tomar parte en la conversación, y estando encandilada con la enérgica mujercita y su pronta participación, ofreció aquí sus agradecimientos y preguntó qué había en su contra.
—No creo —dijo la señora Milvey, mirando de reojo al reverendo Frank—, y creo que mi marido coincidirá conmigo cuando lo vuelva a meditar, que sea posible mantener a ese huérfano libre de rapé. Porque su abuela toma muchísimas onzas y se lo derrama encima.
—Pero entonces no viviría con su abuela, Margaretta —dijo el señor Milvey.
—No, Frank, pero sería imposible impedir que fuera a la casa de la señora Boffin; y cuanta más comida y bebida hubiera allí, más menudo iría. Y es una mujer incosteable. Espero que no sea falto de caridad recordar que la pasada Nochebuena se tomó once tazas de té y estuvo refunfuñando todo el tiempo. Y no es una mujer agradecida, Frank. ¿Te acuerdas de cuando le habló a una turba frente a esta casa acerca de sus agravios, porque una noche, después de habernos acostado, devolvió la enaguas de franela nueva que le habían regalado, alegando que era demasiado corta?
—Es verdad —dijo el señor Milvey—. No creo que eso sirviera. ¿Y el pequeño Harrison...
—¡Ay, Frank! —protestó su enérgica esposa.
—No tiene abuela, querida.