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nydus/Our Mutual FriendPublic
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IX. Alguien se convierte en el sujeto de una predicción

Quizá no sería hacer demasiado por los cavadores y los hacheros, en una época de registros, si marcase sus tumbas a costa del erario público; de modo que una nueva generación pudiera saber cuál es cuál: de modo que el soldado, el marinero, el emigrante, al volver a casa, pudiese identificar el lugar de descanso del padre, la madre, el compañero de juegos o la prometida. Pues bien, alzamos los ojos para decir que todos somos iguales en la muerte, y podríamos bajarlos y llevar a la práctica el dicho en este mundo, al menos hasta ahí. ¿Sería sentimental, tal vez? Pero, ¿qué decís, señores míos, loables lores y honorables juntas, acaso no encontraremos suficiente espacio libre para un poco de sentimiento, si miramos a nuestras multitudes?

Cerca del reverendísimo Frank Milvey mientras leía, se hallaba su mujercita, John Rokesmith el secretario, y Bella Wilfer. Estos, además de Sloppy, eran los dolientes en la humilde tumba. Ni un centavo se había añadido al dinero cosido en su vestido: lo que su honrado espíritu tanto tiempo había proyectado, se había cumplido.

—Se me ha metido en la cabeza —dijo Sloppy, apoyándolo, inconsolable, contra la puerta de la iglesia, una vez que todo hubo terminado—: se me ha metido en esta maldita cabeza que a veces podría haberme esforzado un poco más por ella, y me parte el alma pensarlo ahora.

El reverendo Frank Milvey, consolando a Sloppy, le expuso cómo los mejores de nosotros éramos más o menos negligentes al pasar por nuestros respectivos batanes —algunos de nosotros muchísimo— y cómo todos éramos una tripulación vacilante, fracasada, endeble e inconstante.

—No lo era, señor —dijo Sloppy, aceptando bastante mal aquel consejo fantasmal en nombre de su difunta bienhechora—. Hablemos

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