—No, pero no creo que a la señora Boffin le guste un huérfano que es muy estrábico.
—Eso vuelve a ser verdad —dijo el señor Milvey, poniéndose demacrado por la perplejidad—. Si una niña sirviera...
“Pero, querido Frank, la señora Boffin quiere un muchacho”.
—Eso también es verdad —dijo el señor Milvey—. Tom Bocker es un buen muchacho —(con actitud pensativa).
—Pero dudo, Frank —insinuó la señora Milvey, tras una pequeña vacilación—, que la señora Boffin quiera un huérfano de casi diecinueve años, que conduce un carro y riega las calles.
El señor Milvey le remitió el punto a la señora Boffin con una mirada; al asentir esa sonriente señora con su bonete de terciopelo negro y sus lazos, él comentó, con menor ánimo: «Eso también es verdad».
—Estoy segura —dijo la señora Boffin, preocupada por causar tantas molestias— de que, de haber sabido que se tomarían tanto trabajo, caballero, y usted también, señora, creo que no habría venido.
—¡Le ruego que no diga eso! —exclamó la señora Milvey.
“No, no diga eso”, apostilló el señor Milvey, “porque le estamos muy agradecidos por habernos dado la preferencia”. Lo cual confirmó la señora Milvey; y en verdad que la bondadosa y concienzuda pareja hablaba como si regentara algún lucrativo almacén de huérfanos y recibiera un favor personal. > “Pero es un encargo de gran responsabilidad”, añadió el señor Milvey, “y difícil de cumplir. Al mismo tiempo, nos da mucha pena, como es natural, perder la oportunidad que tan amablemente nos brinda, y si pudiera