pequeña habitación. Un revuelo de voces le siguió, en el cual la voz del señor inspector era la más activa; poco a poco fue disminuyendo y apagándose, y el señor inspector reapareció. —¡Lo más rápido posible, señor! —dijo, asomándose con un guiño cómplice—. Sacaremos a su esposa de inmediato. Inmediatamente, Bella y su esposo se encontraron bajo las estrellas, regresando solos hacia el vehículo que habían
Todo esto era de lo más extraordinario, y Bella no sacaba otra conclusión en limpio sino que John estaba en lo cierto. De qué manera en lo cierto, y de qué manera se le sospechaba en el error, no alcanzaba a adivinarlo.
Alguna vaga idea de que él nunca había asumido realmente el nombre de Handford, y de que existía un parecido notable entre él y aquella misteriosa persona, era lo más cercano a una explicación definitiva a lo que lograba llegar.
Pero John triunfaba; eso sí que quedaba de manifiesto; y ella podía esperar el resto.
Cuando John volvió a casa a cenar al día siguiente, dijo, sentándose en el sofá junto a Bella y la pequeña Bella:
—Querida mía, tengo una noticia que darte. He dejado la Casa de China.
Como a él pareció agradarle haberlo dejado, Bella dio por sentado que en este caso no había ninguna desgracia.
—En una palabra, mi amor —dijo John—, la Casa de China ha desaparecido y ha sido abolida. Ya no existe tal cosa.
—Entonces, ¿ya estás en otra Casa, John?