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nydus/Our Mutual FriendPublic
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V. Concerniente a la novia del mendicante

ellos, habría sido deseable que vuestra hija Bella —volviéndose de nuevo a su marido— se hubiera beneficiado desde un punto de vista mundano con una alianza tan ingrata, tan desacreditada. Puedo sentir —y aun saber— que al unirse al señor Rokesmith se ha unido a alguien que es, a pesar de la superficial sofistería, un Mendigo. Y puedo tener la absoluta certeza de que vuestra hija Bella —volviéndose otra vez hacia su marido— no enaltece a su familia al convertirse en la esposa de un Mendigo. Pero suprimo lo que siento y no digo nada al respecto.

El señor Sampson murmuró que este era el tipo de cosa que cabía esperar de alguien que siempre había sido un ejemplo en su propia familia y jamás un escándalo. Y más que nunca (añadió el señor Sampson, con cierta dosis de oscuridad) y jamás tanto como en y a través de lo acontecido. Debía tomarse la libertad de añadir que lo que era verdad para la madre lo era para la hija menor, y que jamás podría olvidar los conmovedores sentimientos que la conducta de ambas había despertado en su interior. Para concluir, esperaba que no hubiera ningún hombre con un corazón latiendo que fuera capaz de algo que quedó sin describir, a consecuencia de que la señorita Lavinia lo interrumpiera mientras vacilaba en su discurso.

—Por lo tanto, R. W. —dijo la señora Wilfer, reanudando su discurso y volviéndose hacia su señor de nuevo—, que tu hija Bella venga cuando quiera, y será recibida. Así —tras una corta pausa, y con un aire a haber tomado medicina en ella—, así lo será su marido.

—Y te ruego, papá —dijo Lavinia—, que no le cuentes a Bella lo que he pasado. No sirve de nada y podría hacer que se recrimine a sí misma.

—Querida niña —instó el señor Sampson—, ella debería saberlo.

—No, George —dijo Lavinia, en un tono de resuelta abnegación—. No, queridísimo George, que quede sepultado en el olvido.

El señor Sampson lo consideró «demasiado noble».

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