desintegrando— habría yacido espeso en los suelos; y estos, tanto en color como en veta, estaban gastados como rostros viejos que hubieran vivido muy solos.
El dormitorio donde el anciano aferrado había perdido su asimiento a la vida, se dejó tal como él lo había dejado. Allí estaba el viejo y macabro armazón de cama con dosel, sin cortinajes, y con un borde superior de hierro y púas semejante al de una cárcel; y allí estaba la vieja colcha de retazos. Allí estaba el aparador de apretados cajones, que se inclinaba en la parte superior como una frente mala y secreta; allí estaba la pesada mesa vieja, de patas retorcidas, junto a la cabecera; y allí estaba la caja sobre ella, en la que había yacido el testamento. Unas cuantas sillas viejas con fundas de retazos, bajo las cuales las cosas más preciadas que debían conservarse habían perdido lentamente la calidad de su color sin brindar placer a