Todo lo cual se consigna aquí en honor a esa buena pareja cristiana, representantes de cientos de otras buenas parejas cristianas, tan concienzudas y útiles, que funden la pequeñez de su labor en la grandeza de esta, y no sienten peligro alguno de perder su dignidad cuando se adaptan a farsantes incomprensibles.
—Detenido en el último momento por alguien que tenía derecho sobre mí —fue la disculpa del reverendo Frank ante Lightwood, sin pensar en sí mismo. A lo que la señora Milvey añadió, pensando en él, como la esposita defensora que era:
—Oh, sí, detenido en el último momento. Pero en cuanto al derecho, Frank, debo decir que creo que a veces eres demasiado considerado y permites que se abuse un poco de ello.
Bella sentía, a pesar de su reciente compromiso consigo misma, que la ausencia de su marido daría motivo a una desagradable sorpresa para los Milvey. Tampoco podía mostrarse del todo a sus anchas cuando la señora Milvey preguntó:
—¿Cómo está el señor Rokesmith, y se ha ido antes que nosotros o nos sigue?
Haciéndose necesario, a raíz de esto, volver a acostarlo y retenerlo a la espera de que lo volvieran a abrir, Bella lo hizo.
Pero ni con la mitad de maña en la segunda ocasión que en la primera; pues una mentirijilla repetida dos veces casi parece convertirse en una negra, cuando no se está acostumbrado a ella.
—¡Dios mío! —dijo la señora Milvey—, ¡lo siento tanto! El señor Rokesmith se interesó tanto por Lizzie Hexam la última vez que estuvimos allí. Y si tan solo hubiéramos sabido lo de su cara, habríamos