Amistoso por parte del duque de Linaza (y considerado en la posdata), aunque solo litografiado por cientos y presentando una pálida individualidad en el sobrescrito dirigido a Nicodemus Boffin, Esquire, escrito con una letra completamente distinta.
Hacen falta dos nobles condes y un vizconde, en conjunto, para informarle a Nicodemus Boffin, Esquire, de manera igualmente halagadora, que una respetable dama del oeste de Inglaterra ha ofrecido entregar un monedero que contiene veinte libras a la Sociedad para la Concesión de Annuidades a Miembros Modestos de las Clases Medias, si veinte personas presentan previamente sendos monederos de cien libras cada uno.
Y esos benévolos nobles señalan con gran amabilidad que si Nicodemus Boffin, Esquire, deseara presentar dos o más monederos, no será incompatible con el propósito de la respetable dama del oeste de Inglaterra, siempre y cuando cada monedero vaya asociado al nombre de algún miembro de su honrada y respetada familia.
Estos son los mendigos corporativos. Pero hay, además, mendigos particulares; ¡y cómo le flaquea el corazón al Secretario cuando tiene que vérselas con ellos! Y hay que vérselas con ellos hasta cierto punto, porque todos adjuntan documentos (a sus retazos los llaman documentos; pero en cuanto a papeles dignos de tal nombre, son lo que la ternera picada a una ternera), cuya no devolución sería su ruina. Es decir, están totalmente arruinados ahora, pero estarían más totalmente arruinados entonces.
Entre estos corresponsales hay varias hijas de oficiales generales, acostumbradas desde hace tiempo a todos los lujos de la vida (salvo a la ortografía), que jamás habrían pensado, cuando sus galantes padres